Frankenstein, de Mary Shelley - fragmento
Una noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con gran ansiedad, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir dar vida a la cosa inactiva que yacía a mis pies. Era ya pasada la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas y la vela casi se había consumido cuando, la luz esplendorosa de un rayo, rozaba su cuerpo y vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. Tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado y los finos y negruzcos labios.
Durante dos años había trabajado con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud. Lo había deseado, pero ahora que lo había conseguido, la hermosura del sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. Incapaz de soportar la visión del ser que había creado, salí precipitadamente de la estancia. Ya en mi dormitorio, paseé por la habitación sin lograr conciliar el sueño.
Finalmente, el cansancio se impuso a mi agitación y, vestido, me eché sobre la cama en un intento de encontrar algunos momentos de olvido. Pude dormir, pero tuve horribles pesadillas. Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la frente. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas vi al engendro, al monstruo que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama y sus ojos me miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos ininteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara, pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero, esquivándola, me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de casa, donde permanecí el resto de la noche, paseando arriba y abajo, agitado, escuchando con atención, teniendo cada ruido como si fuera a anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado vida.